Acaso su dueño se percató de pronto que aquel niño bueno dejó de existir hace mucho y en un arranque de sinceridad decidió tirarlo a la basura. O quizás acaba de comprender que ser bueno en esta vida no sirvió para nada y, decepcionado de todo, acabó con su diploma que abrazó por tantos años como quien se sostiene a un salvavidas.
Personalmente nunca obtuve un certificado de buena conducta (aunque creo haberlo merecido por lo boba y callada que era) pero de tener uno así seguro mi mamá no me dejaría botarlo y lo tendría colgado en la pared de su casa para mostrárselo a todas sus amigos y conocidos.